Archivo de la categoría: POESÍA: LA VIDA

Este aliento

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Origen Salto el reverso: Este aliento

 

 

 

No vinimos para quedarnos,

bien lo sabe este pájaro

que alza el vuelo,

o la nube

que se diluye en nuestro cielo,

como agua entre los dedos.

Pero este aliento,

bocanada de aire codiciada por los vivos,

siempre huye de la muerte;

sabe del calor en otros labios,

sabe del olor de la tierra

cuando se revisten sus huellas;

sabe de tu roce,

vida,

en su pulso acelerado.

 

Mayca Soto. El gris de los colores

Princesas

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Publicado originalmente en Salto al reverso

Foto de Tamara Menzi

Foto de Tamara Menzi. Unsplash

Era invierno,
y había una plaza grande
tras los árboles,
con una escalinata solemne,
demasiado solemne.
Y había un vestido blanco,
de cola.
Y había un velo blanco
desparramado
sobre varios escalones,
lacio como un desmayo.
Y había una novia,
de espaldas;
cintura entallada,
mirando al objetivo.
Y había una mano entrelazada.
Y otra mano que acogía unos dedos crispados;
por el frío,
por los nervios,
por el peso
edulcorado
de tanto futuro.
Y había unos hombros destapados
—hacía frío—,
luciendo promesas.
Quizá también había un zapato de cristal,
pero no lo vi.
Y había un novio,
de negro o de gris…,
que se parecía a todos los novios
de todas las bodas,
pero este creo que no era ningún príncipe.
Y había un sol que compartíamos.
Y había su mirada.
Y había la mía.
Dos miradas,
cinco miradas,
o más…
Dos mundos dentro de millones de mundos.
Dos polos opuestos
bajo ese cielo.

Mayca Soto. El gris de los colores

Más café

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Foto. Natalie Collins. Unsplash

Publicado originalmente en Salto al reverso

Abrazo con mis manos
la taza de café
como si fuera la última vez,
mientras este oro negro
arroja cincuenta mililitros
de esperanza
en mi nuevo día.

Cincuenta mililitros dan para mucho,
aun en los amaneceres más desvaídos:
con el primer trago, bendigo la suerte de estar viva,
y apago la sed de ti:
dulce cafeína.

Un segundo sorbo;
diez mililitros más,
y la noche da un paso atrás;
quedaron sin boca los monstruos que tejen trampas,
y después esperan, trasmudados,
bajo las alcantarillas.

No ha salido el sol aún,
pero todo se sitúa
en su justo espacio,
ocupando
la medida exacta
de las cosas.

El viento arrastra una densa nube negra,
que se aleja.
Se pelean: la luz de las farolas y el amanecer;
ojalá fueran así todas las guerras.

Un tercer trago,
y remiendo todas las dudas,
que hoy traigo hilo y aguja,
que esta mañana sabré encajar
las dos piezas de esta costura.

Con el último sorbo,
me levanto de la silla;
hay mucho por hacer;
lo haré con calma
que llevo prisa.

Y al poso,
lo muevo y lo remuevo
hasta que muda su forma,
que hoy nada ni nadie,
ni yo,
va a poder amoldarme en su horma.

Dejo la taza en la encimera;
no:
mejor le voy a tallar un marco de madera
-aprenderé-;
y, así enmarcada, la voy a colgar
de mi pared,
como un recuerdo.

Carta de despedida a Yvonne

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Publicado originalmente en Palabras a la carta:
Pixabay
 
 
Como la luz que se cuela

por la rendija de la ventana al amanecer,

iluminando poco a poco nuestra habitación;

así llegaste a nuestras vidas, Yvonne,

suavemente,

alumbrando la penumbra,

acariciando con tu aliento nuestra sombra

hasta convertirla en día.

 

Del mismo modo,

con tu misma luz,

ahora nos dices adiós.

Y lo haces como una guerrera indómita;

valiente, generosa, justa y digna;

capaz de vencer,

de desgastar y limar,

los vértices de la vida;

dando suavidad donde solo había aspereza,

fuerza donde solo se preveía debilidad.

 

Y a pesar de todo,

de tu juventud y de tus días…,

breves como el suspiro de una primavera,

has sido nuestra maestra:

nos has regalado un cuenco lleno de alegría

para que podamos ahora verter allí nuestras lágrimas

sin que la sequedad de este aire, triste y acongojado, que ahora respiramos,

las evapore.

Y nos has regalado tu magia,

para que convirtamos estas lágrimas en tinta.

Yvonne, con esa tinta, vamos a dibujarte una casa en el aire,

como en la canción,

y unas palomas blancas que van a venir a visitarte,

y que hoy alzarán el vuelo.

Un vuelo elegante,

inteligente y

poderoso,

como el tuyo.

 

Así te imaginaremos,

Yvonne,

a ti y a Eva,

observándonos,

día y noche,

con vuestra mirada amorosa;

hasta que por fin nos abrace el amanecer que,

gracias a tu bondad,

iluminará de nuevo nuestra habitación

y nuestras vidas,

y el recuerdo que atesoramos de la tuya.

 
 
@Mayca Soto. Carta de despedida a Yvonne

LA NOCHE

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Publicado originalmente en SALTO AL REVERSO

 

“En los instantes de día que queda, la vida se precipita”. Cartas desde mi molino. En la Camarga. Alphonse Daudet.

 

Cierras los párpados,
te abraza en sus sábanas,
apoyas la cabeza
exhausta
en su hombro.
La noche amiga,
con sus silencios;
en el fragor de los sueños
que siempre olvidas,
libra tus batallas;
acalla la vida
cuando espanta.

Ya no te habla
el reloj;
ya no cuenta contigo,
pertinaz con su paso “martilleante”.
Se olvidaron tus zapatos,
por fin,
de tu cansino
desaliñado paso
de la tarde.

Duermes,
duermes,
duermes.

 

“El día es la vida de los seres; en cambio, la noche es la vida de las cosas”. Cartas desde mi molino. Las estrellas. Narración de un pastor provenzal. Alphonse Daudet.

 

El Gris de los Colores.

LA VOZ DE LAS COSAS

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Nueva poesía de El Gris de los Colores en Salto al reverso:

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Foto Pixabay. CCO Public Domain

 

Pared recién pintada

En el principio de todas las cosas
había una estantería vacía,
enmarcada en el centro
de una pared recién pintada de blanco.

Y más abajo, otra estantería colgaba
como una promesa;
suspendida en mi imaginación
aparecía repleta de libros
sobre una mecedora.

Nada ocurre como en los sueños.
    
En el armario

Un jersey descolorido y
doblado en tus tres pliegues
yace ahora en el armario;
panteón de los recuerdos;
único testimonio de que no fue un sueño.

Debería volver a pintar ese armario,
arrancar ese verde que tanto te gustaba,
quitarle a brochazos esa sonrisa burlona de: «Ya te lo dije».

Miro incrédula una gran percha:
todavía acoge con solemnidad
tu camisa, planchada a desgana hace siglos,
porque no te gustaba…,
como yo.

Y aquel tercer cajón,
que dejaste vacío y entreabierto,
contradiciendo la fuerza
de ese último portazo;
… todavía no fui capaz
de cerrarlo.

No me dijiste adiós.

  
Mayca Soto

Publicado originalmente en Salto al reverso

 

Manual de Primeros Auxilios

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Nueva colaboración para Salto al reverso

Foto. Ferran Nadeu

Foto. Ferran Nadeu

 

 

 

 
 
 
 

 

 

 

 

 

 

Lavé esa herida,

bien sé que la enjuagué

y la desinfecté,

tal y como indica el Manual de Primeros Auxilios:

«Deje usted el grifo abierto para que caigan

muchas lágrimas,

un tormento de lágrimas

que desborde el estanque,

la acequia,

la laguna estancada,

y se convierta en torrente

que inunde los campos

en barbecho

y levante grietas

en las calzadas

acorazadas;

échele también un buen chorro de desinfectante,

del más potente que encuentre,

cuyos vapores sean capaces hasta de despejar de nubes

los paisajes,

desatascando

los pulmones

más acongojados;

y así podrá tomar impulso

para continuar de nuevo.»

 

Bien sé que la lavé.

Aproveché, como me indicaron,

las noches de tormenta

y las sombras apenas deslumbradas

por el sol;

me serví también del viento de Levante,

el que se lleva consigo la arena,

barriendo las playas

—y quise yo también

salir volando—.

 

Bien sé que la acuné,

a esta herida,

y le canté una nana imposible

—añorando el refugio a salvo

de la muerte,

el dolor—,

que a pesar de todo sonaba bien.

 

Bien sé que la socorrí,

a esta herida mía;

a conciencia,

como indica el Manual de Primeras Curas

para principiantes.

 

Bien sé que,

a pesar de todo,

sigue

y seguirá abierta;

sin cicatrizar,

contradiciendo todas las guías

de los más expertos

maestros de lágrimas.

 

Mayca Soto

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