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Un deseo para El Santet

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Publicado originalmente en Salto al reverso 

Hay días, pocos, en los que puedo tomar un respiro. Parece que quienquieraqueseyo se confabula para que las horas de curro, mis doce horas, mis doce martirios, se sucedan livianas unas detrás de otras, igual que  las doce campanadas de fin de año; prometedoras, como el aire fresco que esta mañana acaricia mi cara. Ocurre muy pocas veces, pero en seguida me percato; me he despertado, he abierto los ojos y me he dicho: Mari, hoy vas a tener un buen día en el zulo. Y de momento nada ni nadie me está llevando la contraria.

Este buen humor, que ahora me da tregua, aparece siempre en pequeñas dosis, como un espejismo. Mañana pasará, se desvanecerá como la fuente en la retina del sediento. Sí, lo sé, agonías, pero ahora estoy aquí apoyada en la puerta de la cocina del restaurante, haciendo mío este trocito de calle, disfrutando sin prisas de cada calada de este cigarro, ¡y que nadie me interrumpa! En este preciso momento, me siento una persona con mucha intuición y mucha suerte: ¡se ha ido la luz y el agua a la vez! Lo sabía: ¡algo bueno me iba a traer el día! Y ¿quién va a lavar esta mañana los platos? La mendalerenda NO, que no puede porque ¡no hay agua! ¡Qué láaaastima! Y hay que ver la cara de cabreo que tiene el león este, como si fuera suyo el negocio, ¡será capullo!

Qué bonita esta fina lluvia que cae como pidiendo permiso, mira cómo humedece el polvo de la calle. La acera aún despide, como un horno que se abre, el calor sofocante de toda una semana a más de 35 grados. Por suerte, el sol está muy lejos, ¡quédate ahí arriba escondido todo el día, majete! Y qué nubes, negras y amenazantes; me recuerdan aquel cuadro de Turner. ¿William Turner se llamaba? Ay que ver mi cabeza, que se me va ahora al colegio y a las clases de Arte. Es que me gustaban mucho a mí esas clases, con diapositivas y todo. Y el Turner era de mis preferidos, sobre todo esas pinturas del mar con sus olas embravecidas golpeando sin piedad a barcos indefensos. De solo pensar quién estaba allí dentro me daba un mareo. Si hubiera sabido entonces que yo iba a ser tantas veces como ese barquito… Bueno, aunque yo nunca he visto el mar tan enfadado, menos mal. Y estas nubes negras no me dan miedo, y a esta calle la tengo ya muy vista. Ojalá llueva. No. Ojalá diluvie una tormenta guapa, de esas de verano, y nos lleve a todos, sobre todo a mí, calle abajo nadando, hasta llegar a alguna isla perdida. ¿Qué tres cosas me llevaría?…

Otra vez el Corsa blanco y el Seat Ibiza, ¿se habrán perdido? Quizá estén buscando la playa, que está cerca pero… ¿Con este día? Qué sé yo…, hay gente para todo. Y este narigudo ¿qué mira? ¡Como si yo tuviera monos en la cara! ¿Te imaginas que ahora para el coche y abre la puerta y me invita a subir? Ay, no, este no, este no me gusta, que es muy feo; mejor aquél, el del coche verde, que tiene mejor pinta. ¡Qué fácil! ¿no?: Hola, sube a mi coche, te llevo a dónde tú quieras. Sé que quieres marcharte lejos. O Mejor: ¿Me estabas esperando? No sufras, amor, he venido a buscarte. Y yo, sin mi bata gris de cocina, claro, mejor con una falda de tubo roja, una blusa blanca escotada y unos zapatos de tacón…, y con diez quilos menos y, ya puestos, sin esta mirada gastada… Y divina de la muerte, respondo, sí, ahora mismo. Cojo mi maleta, roja también, y me subo. Y antes de cerrar la puerta dejo ver, como en una peli, estos bonitos talones que enmarcan unas bonitas piernas laaaaargas, que no tengo…, ni tendré. Joder, ya me estoy chafando el sueño.

¡Toma, vaya trueno! ¡Qué luz! ¡Si hasta se han visto algunas de las esculturas que sobresalen por encima de la tapia del cementerio! Qué cerca que tenemos este cementerio del Poblenou. Da un poco de yuyu… ¿Debe de estar todavía el Santet? Pues claro, Mari, menuda pregunta tan tonta, cómo se va a ir por su propio pie si el vidente ese está muerto desde hace más de cien años. Por muy vidente que fuera, se murió y punto, como todo quisqui. Pero dicen que si le pides un deseo, te lo concede. ¿Será verdad eso? Pili y Eva me dijeron que sí, y que conocían a más gente a la que también. Se ve que su tumba está llena de cartas de decenas de personas que han ido allá a pedirle algo. Francesc Canals i Ambrós se llamaba. Y el tío no solo sabía ver tu futuro, también el día exacto de tu muerte; menos mal que ya no habla, porque eso no quiero yo saberlo. Oye, pues ¿sabes qué? Que si en media hora todavía no hay luz ni agua, me acerco. Y le pido yo mi deseo. Entro y le pido el mío. Se lo dejo escrito en un papel. ¿Por qué no? Y a mí me lo dará también ¿Por qué a mí no? Por una vez en la vida que le pido algo a alguien, aunque la haya palmado ya… Para que se cumpla dicen que uno tiene que volver sobre sus pasos, sin darle la espalda a la tumba; qué corte, espero que no me vea nadie…, venga, qué más da, lo pruebo. Pues voy a ir, ¡sí señor! Voy y se lo pido. ¿Cuál de todos los imposibles que tengo? No sé, qué más da, con uno me conformo…, o con dos…

– Mari, ¡venga, a trabajar! ¡Que ya han dado el agua y tenemos luz!

Vooooooy!

Bueno…, iré en la comida, fijo.

©Mayca Soto. El gris de los colores

Este aliento

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Origen Salto el reverso: Este aliento

 

 

 

No vinimos para quedarnos,

bien lo sabe este pájaro

que alza el vuelo,

o la nube

que se diluye en nuestro cielo,

como agua entre los dedos.

Pero este aliento,

bocanada de aire codiciada por los vivos,

siempre huye de la muerte;

sabe del calor en otros labios,

sabe del olor de la tierra

cuando se revisten sus huellas;

sabe de tu roce,

vida,

en su pulso acelerado.

 

Mayca Soto. El gris de los colores

Princesas

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Publicado originalmente en Salto al reverso

Foto de Tamara Menzi

Foto de Tamara Menzi. Unsplash

Era invierno,
y había una plaza grande
tras los árboles,
con una escalinata solemne,
demasiado solemne.
Y había un vestido blanco,
de cola.
Y había un velo blanco
desparramado
sobre varios escalones,
lacio como un desmayo.
Y había una novia,
de espaldas;
cintura entallada,
mirando al objetivo.
Y había una mano entrelazada.
Y otra mano que acogía unos dedos crispados;
por el frío,
por los nervios,
por el peso
edulcorado
de tanto futuro.
Y había unos hombros destapados
—hacía frío—,
luciendo promesas.
Quizá también había un zapato de cristal,
pero no lo vi.
Y había un novio,
de negro o de gris…,
que se parecía a todos los novios
de todas las bodas,
pero este creo que no era ningún príncipe.
Y había un sol que compartíamos.
Y había su mirada.
Y había la mía.
Dos miradas,
cinco miradas,
o más…
Dos mundos dentro de millones de mundos.
Dos polos opuestos
bajo ese cielo.

Mayca Soto. El gris de los colores

Más café

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Foto. Natalie Collins. Unsplash

Publicado originalmente en Salto al reverso

Abrazo con mis manos
la taza de café
como si fuera la última vez,
mientras este oro negro
arroja cincuenta mililitros
de esperanza
en mi nuevo día.

Cincuenta mililitros dan para mucho,
aun en los amaneceres más desvaídos:
con el primer trago, bendigo la suerte de estar viva,
y apago la sed de ti:
dulce cafeína.

Un segundo sorbo;
diez mililitros más,
y la noche da un paso atrás;
quedaron sin boca los monstruos que tejen trampas,
y después esperan, trasmudados,
bajo las alcantarillas.

No ha salido el sol aún,
pero todo se sitúa
en su justo espacio,
ocupando
la medida exacta
de las cosas.

El viento arrastra una densa nube negra,
que se aleja.
Se pelean: la luz de las farolas y el amanecer;
ojalá fueran así todas las guerras.

Un tercer trago,
y remiendo todas las dudas,
que hoy traigo hilo y aguja,
que esta mañana sabré encajar
las dos piezas de esta costura.

Con el último sorbo,
me levanto de la silla;
hay mucho por hacer;
lo haré con calma
que llevo prisa.

Y al poso,
lo muevo y lo remuevo
hasta que muda su forma,
que hoy nada ni nadie,
ni yo,
va a poder amoldarme en su horma.

Dejo la taza en la encimera;
no:
mejor le voy a tallar un marco de madera
-aprenderé-;
y, así enmarcada, la voy a colgar
de mi pared,
como un recuerdo.

Cazadores de lágrimas

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Publicado originalmente en Salto al reverso

Foto Priscilla. Unsplash Foto Priscilla. Unsplash

 

Notabas tus axilas húmedas y resbaladizas, y pequeñas gotas de sudor comenzaban a desobedecerte pintando tu frente de fina lluvia; no querías que el terapeuta percibiera tus nervios; siempre conseguía intimidarte. Hacía un año que ibas a su consulta, y no precisamente por voluntad propia. El reglamento laboral de tu empresa lo especificaba en su artículo duodécimo: «Los empleados deberán asistir a un Terapeuta de Lágrimas tras haber vivido una experiencia traumática. Y lo harán hasta la remisión del trauma, siempre por prescripción médica».

El experto te miró desde el púlpito invisible que siempre parecía llevar adosado a su cuerpo, y sentenció sin un atisbo de duda:

—Tendrías que haber recogido más de mil lágrimas. Ha pasado ya un año, deberías haber alcanzado esta cifra. —Hilvanó el punto final de su sentencia con un incómodo e interminable silencio.

Por fin, continuó:

—Y mucho me temo que, por el ángulo levemente desviado hacia la izquierda de tu mirada cuando me hablas, no has recogido todavía la cantidad recomendada de lágrimas. Arqueó una de sus cejas, curiosamente la más poblada de pelo, formando una media luna —«¿cómo consigue hacer eso este iluminado?», te dio tiempo a pensar—, y volvió a embestirte:

—¿A qué no?

—En verdad…, no lo sé…, creo que sí…, pero tendría que contarlas. ¿Importa mucho eso? He venido aquí para…

—A estas alturas, Javier, es increíble que me preguntes eso. Parece que aún no has aprendido nada… ¿Cómo se cura el duelo, Javier?: con lágrimas. Ya lo hemos hablado. Te voy a pedir que te vayas y que vuelvas cuando te hayas atrevido a abrir de verdad tu corazón, y tengas una respuesta firme y bien trabajada.

Tragaste saliva y te mordiste el labio inferior, siempre lo hacías cuando tu boca no acertaba a decir las palabras adecuadas que, por el contrario, sí sabían estallar como un meteorito en tu corazón, acelerándote el pulso y enredándote la lengua. «Nunca más, no vuelvo. ¿Qué se habrá pensado? Y solo porque es Terapeuta de Lágrimas se cree con el derecho de hablarme así.» Te metiste en el metro, encogido por la duda: «¿Tendrá razón? ¿Habré sabido lloraros bien?» Mientras atravesabas el subsuelo de tu ciudad no tenías otra idea en la mente: llegar a casa, resolver tu inquietud.

Pulsaste con impaciencia el botón de apertura del armario de tus lágrimas, la puerta corredera obedeció al instante. Allí estaban: veinte recipientes de vidrio, bañados en siete colores, y dispuestos en cinco pulcras estanterías blancas de un metro y medio de largo. Las amarillas correspondían a tu infancia; las recogiste durante un año en un innovador ejercicio que os encargaron en la escuela, y que los pedagogos más renovadores de la época tildaron de altamente educativo; aunque al final acabó enterrado en el olvido porque las asociaciones de padres interpusieron una denuncia por invasión a la intimidad. Tanto tu escuela, que fue la precursora, como una decena de seguidoras, se vieron obligadas a interrumpir la novedosa experiencia escolar, ya que no querían verse involucradas en un costoso proceso judicial.

Pese a las advertencias del ministerio de Educación, y los consejos de los expertos más conservadores sobre la conveniencia de parar de inmediato esta reflexión acerca del llanto —«ante el riesgo de padecer una depresión temprana», advertían—, en tu casa siguió siendo considerado un beneficioso ejercicio. «Solo hay que verte, hijo», decía tu padre, «desde que recoges tus lágrimas, las observas cada mañana, y hablas sobre ellas, estás más relajado y ya no tienes pesadillas.» Así que seguiste con el experimento unos meses más hasta que comenzaste a aburrirte de tanto mirarte al ombligo. Aún conservabas los cuadernos en los que recogías tus reflexiones con tu pluma de tinta verde, decorada en rojo por las correcciones de tu madre, siempre dispuesta a enmendar tus despistes ortográficos.

Tus lágrimas infantiles estaban intactas pese al paso de los años, gracias a la eficacia del conservante interperol para lágrimas, sustituido años después por el milantul, más ecológico. Observarlas era viajar en el tiempo treinta años atrás. Los recuerdos siempre emergían con facilidad del mar infantil de los agravios, y acababan apelotonados en tu memoria abriéndose paso a empujones: el llanto por tus rodillas ensangrentadas tras tu caída con la bici; el disgusto con tu tía Luisa porque no cumplió su promesa de llevarte al estreno de Los Minions 3; la desilusión tras no ser admitido en el equipo de Waterpolo; el puñetazo en el ojo, y en el alma, de tu pesadilla en la escuela: Eric, el matón de la clase de cuarto; pero, sobre todo, la tristeza vertida todas las noches, durante tres meses, por la muerte de Tom, el perro labrador que creció contigo desde que eras un bebé.

En el segundo estante flotaban las lágrimas capturadas en dos potes verdes: las de tu primer amor. Qué bonitas seguían siendo pese a su regusto lacerante. Las azules, instaladas en el tercer estante, eran de cuando se murió tu padre. Llenaste cinco potes de dos litros durante un mes; tal fue la intensidad de tu dolor. También estaban las de los tarros grises, que correspondían al interminable año que pasaste en el paro. El cuarto estante estaba compartido por frascos de dos colores. Los marrones contenían las lágrimas recogidas durante dos meses, mientras te recuperabas en la cama de un aparatoso accidente de moto, que se saldó con tres costillas rotas, una fractura abierta de peroné y una quemada enorme que recorría todo el lateral de tu pierna como una serpiente despellejada. Los rosas se llenaron con las lágrimas que vertiste con Clara cuando se quebró vuestra incipiente empresa. «Qué bueno tener una amiga como Clara», pensaste, «dispuesta a llorar conmigo y a mezclar sus lágrimas en mi pote, y no en el suyo, pese a que luego no le lucirá tanto en su armario».

Es curioso cómo llegan a cambiar las cosas con apenas el paso de una generación: veinte años atrás, la recogida de lágrimas era considerada una amenazante práctica educativa. Sin embargo, en la actualidad ya era una costumbre social arraigada y bien vista: era impensable que alguien no exhibiera en el comedor de su casa un armario dedicado al almacenamiento de las lágrimas de toda la familia. Cuanto más voluminoso era, con más orgullo ocupaba la pared más vistosa del salón. Y más increíble todavía: el centro de asistencia primaria asignaba un terapeuta, sin coste alguno, para vigilar su interrumpido, recomendado y correcto avituallamiento. De hecho, esta práctica socialmente aceptada y extendida por doquier, desde las familias más acomodadas a las más humildes, se consideraba un pilar de la salud mental de toda población que se considerara avanzada.

… Tú buscabas ahora las rojas. No hacía ni un mes que las habías colocado en el quinto estante. Te había costado mucho recogerlas una a una de tus ojos inflamados; con el paso de los años, cada vez te costaba más llorar. Lo mantenías en secreto, ya que quien perdía esa capacidad era internado en el Sanatorio de Lágrimas con un diagnóstico que lucía el nombre un tanto ridículo de: Lagrimitis Incapacis. Los pacientes solían regresar de allí cambiados, transformados, ausentes y, sobre todo, incómodos con el título de incapaz que colgaba como un letrero luminoso en sus vidas.

Juan, tu amigo del barrio; Pedro, el novio de Clara; Luis, el vecino del cuarto, y Elena, tu prima; a todos ellos los conocías bien. A su regreso habían perdido el brillo de su mirada, se habían vuelto taciturnos, y evitaban hablar de su estancia en el sanatorio… Recientemente, un eminente psiquiatra, que había sido despedido de uno de estos centros, se había atrevido a conceder una entrevista en uno de los canales sociales más influyentes, y había afirmado que allí era practicada una reeducación emocional «excesiva y perturbadora». La entrevista causó mucho revuelo, pero no tardó en caer en el olvido tras la emergencia producida por las recientes inundaciones en las costas europeas.

«¿Qué les harán?», te preguntabas mientras mirabas tus enlutados potes rojos. Allí estaban tus lágrimas más frescas, flotando en sí mismas, indemnes, bañadas en su transparencia encarnada; lucían un brillo hermoso, como de plenitud, que no supiste reconocer porque la duda que sembró en ti el experto no te permitía admirarlas. Las habías recogido a días sueltos, cuando el dolor te asaltaba sin avisar como una tormenta de verano.

El primer pote rojo se quedó pequeño en seguida pocos días después de su muerte. El segundo tardó más en llenarse, unos seis meses aproximadamente. Y el tercero todavía estaba por la mitad. Colocaste los tres recipientes rojos encima de la mesa de la cocina. Y estuviste un rato mirándolos en silencio; cuando la luz los atravesaba dejaban ver tenues iridiscencias. «¿Habrán sido suficientes? El experto me dijo que si había tenido sinusitis es que no sabía llorar bien: «La mucosidad retenida siempre era un síntoma preocupante de sentimientos no expresados», dijo con su mirada penetrante, que siempre te enfocaba avizora desde sus lentes de miope; más que gafas parecían prismáticos diseñados para traspasar el iris de sus pacientes y engullir como una sonda todo aquel pensamiento que pudiera corroborar sus inquinas sospechas.

Te armaste con un boli y un papel —nunca te acostumbraste a la calculadora domótica— y empezaste a hacer cálculos matemáticos. Aplicaste las fórmulas que te indicó el Terapeuta de Lágrimas, y volviste a repetirlas en tres ocasiones; no querías obtener una cifra errada. Las tres veces conseguiste el mismo resultado; tres números inofensivos que, sin embargo, te dolía mirar: 800 lágrimas en un año. «¡Qué desastre! No he alcanzado las mil. Tenía razón aquél imbécil. Lucía, mi amor; Luis, mi pequeño; quizás no haya sabido lloraros bien.»

El repiqueteo estridente de tu smartphone te sobresaltó; pero aún se te aceleró más el corazón cuando viste el rostro que reflejaba su pantalla: era el terapeuta desde su perfil de Skypeforhealth. «¡Qué impaciencia! Pero si me dijo que le llamara yo esta tarde, y ¡aún son las tres del mediodía! Debe de estar deseoso de enviarme a su sanatorio para lucir otra medalla: ¡Otro incapaz recuperado!» pensaste, antes de darle en todo el ojo con un brusco toque en la pantalla que no abrió el servicio, y a punto estuvo de bloquear el teléfono. «¡Joder!»

—Sí, hola, ¿qué tal? —pronunciaste sin conseguir serenar del todo tu voz alterada.

—Hola, Javi, ¿estás bien?, …, quería decirte que después de que te fueras, he sentido la necesidad espiritual de meditar, y he logrado avistar tu espíritu. ¿No lo notaste? No…, claro…, qué pregunta…, ya lo harás cuando alcances otro estado de conciencia… Siento decirte que he visto dos de tus chacras obstruidos… Podemos hablarlo mañana en la consulta. Te he reservado cita para las 9. ¿Te va bien? Supuse que sí, ya que no has vuelto a trabajar desde el accidente. Me imagino que ya contaste tus lágrimas…

—Sí, sí, justo acabo de hacerlo. Ahora iba a llamarte. —Mentías, y lo hacías la mar de bien. Por suerte, la distancia telefónica aminoraba el carisma envolvente y escrutador de tu interlocutor, y te permitía recuperar tu dignidad, pisoteada en la última consulta.

—¿Y?

—Están perfectas, tendrías que verlas: iridiscentes, hermosas, casi mágicas. Están vertidas a conciencia, ¿sabes? Las lloré a pulso, intensamente, con mucho dolor. Y no me importa si mi desgarro no duró los treinta minutos recomendados, o si sollocé menos de diez minutos como reglamentáis, y luego me quedé en silencio en busca de mi espíritu, como indica vuestro estúpido reglamento… No fue así.

—Oye Javi…

—Javier, me llamo Javier, te lo he dicho muchas veces, y ahora estoy hablando YO. Me importa un carajo si hace un mes que no brota ni una lágrima de mis ojos. ¿Sabes por qué, maestro sabelotodo? Porque creo que ya las lloré todas: en poco tiempo y de una tirada, como a mi me gusta hacer casi todas las cosas. 800 en total. ¿A que es un número precioso? Me queda, eso sí, un dolor insalvable; una sima profunda en el alma que no has sabido divisar en tu avistamiento de pájaro mediocre, y que va a quedarse orgullosamente vacía hasta el día que me muera, aunque llore más de cien millones de lágrimas. Y ahora voy a preguntarte una cosa: ¿Se te ha muerto alguien a ti? ¿Alguien a quien quieras de verdad? Déjame adivinar en mi grado inferior de conciencia… La respuesta es tachan, tachan: no lo sé. Lo que sí sé es que seguramente no eres capaz de amar a nadie sin juzgarlo desde tu atril. Y si no, fíjate bien en tu mirada levemente desviada hacia abajo cuando hablas: un signo inequívoco de frialdad hacia el género humano.

— Pe…

—Tampoco olvidemos el movimiento de tus manos: claramente indican que no sabes pensar por ti mismo, necesitas siempre un manual, con el que sentirte superior a los demás. Quizás deberías revisar los motivos que te han llevado a querer ayudar a los demás. Seguramente no son vocacionales.

—Vamos a volver a vernos, no lo du…

Colgaste, exultante, satisfecho, sin darle tiempo a la revancha.

Ahora era el momento de correr calle abajo. En poco menos de diez minutos, una ambulancia pararía enfrente de tu portal. Desde que los servicios públicos discurrían por los viales magnéticos, el tiempo de espera había disminuido; para suerte de los viajeros y, sobre todo, de los accidentados; no tanto de los delincuentes y los fugitivos. Dos camilleros uniformados de blanco, con la insignia bicolor, roja y negra, del Sanatorio de lágrimas —Sanatory of Tears, así aparecía en su web oficial—, bajarían una camilla con correas destinadas a atar tus piernas y tus brazos, y la misión inapelable de adiestrar a tus lágrimas, y a tu corazón. Pero tú aún eras libre. Estabas a tan solo un paso de la recién estrenada estación interplanetaria DronsCitizens; a salvo todavía, aunque por poco tiempo, del rastreo policial modular. Y no ibas a parar de correr.

¡Suerte, valiente!

 
@Mayca Soto

Crónica de un baile

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Crónica de un baile, publicado en Salto al reverso:

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Foto Ferran Nadeu

Acicalados: de blanco impoluto y atrevido, él; de un rojo entallado y coqueto, ella. Bailaban abrazados, dibujando dos eses superpuestas, cadenciosas; enredadas en las notas bien entonadas de la orquesta.

Los pies del bailarín marcaban el inicio de nuevos movimientos; los de ella, seguían con gracia cada paso, cada rápido viraje, cada vuelta prodigiosa. Parecía que alguien hubiera dibujado un trayecto imaginario en el suelo para que ambos ancianos no se perdieran en su deambular rítmico y se pudieran deslizar como maestros del baile, sin titubeos.

Después del tango, un vals, un bolero y un paso doble…; cualquier canción la bailaban bien. Un tiempo pretérito, como salido del sombrero de un mago, brincaba a sus anchas en la plaza Mayor del pueblo, engalanada de fiesta; y resucitaba el romanticismo de una época venida a menos, pero ahora resarcida con su destreza. Sus manos, arrugadas y endurecidas con el trabajo en el campo, rodeaban la estrecha cintura de la mujer, que el paso de los años no había conseguido ensanchar. El cuerpo femenino se amoldaba al suyo, entregándose dócil a las reglas clásicas de la danza en pareja y al recuerdo de tantos bailes compartidos.

Rodeando la plaza, dos hileras de sillas de madera invitaban a la observación. Y desde allá, los curiosos mirábamos asombrados cómo una quincena de parejas de jubilados, algunos nonagenarios, vencían las leyes del tiempo, y conseguían olvidar la artrosis, la osteoporosis y cualquier otra dolencia propia de su edad. Habían vuelto a subir al escenario de la vida por un par de horas y, sin duda, lo habían vuelto a conquistar.

De pronto, me fijé en un hombre de unos setenta años, vestido con un elegante traje negro que esperaba de pie al otro lado de la plaza. Parecía impaciente, y no le quitaba el ojo a la diestra bailarina vestida de rojo. Antes de que acabara la canción, otro vals, se adentró en la pista de baile y sorteó ágilmente a las parejas que se cruzaban en su trayectoria, hasta que llegó a su objetivo; entonces, tropezó deliberadamente con la mujer y se las apañó para entregarle, con un leve roce de manos, lo que me pareció un papel doblado, que ella recogió y escondió con disimulo entre sus dedos.

Pensé que quizás me lo había imaginado, pero cuando ví que la anciana bailarina salía de la pista y se sentaba en el banco más alejado y menos alumbrado por las farolas, no pude dejar de observarla. Abrió el papel, lo leyó, suspiró, sonrió levemente y miró coqueta hacia la plaza. El hombre vestido de negro ya no estaba. Y su pareja, esperándola, le lanzaba una suspicaz mirada desde la pista de baile.

@Mayca Soto

 

 

LA VOZ DE LAS COSAS

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Nueva poesía de El Gris de los Colores en Salto al reverso:

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Foto Pixabay. CCO Public Domain

 

Pared recién pintada

En el principio de todas las cosas
había una estantería vacía,
enmarcada en el centro
de una pared recién pintada de blanco.

Y más abajo, otra estantería colgaba
como una promesa;
suspendida en mi imaginación
aparecía repleta de libros
sobre una mecedora.

Nada ocurre como en los sueños.
    
En el armario

Un jersey descolorido y
doblado en tus tres pliegues
yace ahora en el armario;
panteón de los recuerdos;
único testimonio de que no fue un sueño.

Debería volver a pintar ese armario,
arrancar ese verde que tanto te gustaba,
quitarle a brochazos esa sonrisa burlona de: «Ya te lo dije».

Miro incrédula una gran percha:
todavía acoge con solemnidad
tu camisa, planchada a desgana hace siglos,
porque no te gustaba…,
como yo.

Y aquel tercer cajón,
que dejaste vacío y entreabierto,
contradiciendo la fuerza
de ese último portazo;
… todavía no fui capaz
de cerrarlo.

No me dijiste adiós.

  
Mayca Soto

Publicado originalmente en Salto al reverso