Archivo de la etiqueta: PARTO EN CASA

EL PARTO DE MARCEL

Imagen

parto

La ventana estaba cerrada.
Cerrada al frío de la madrugada,
Al rumor del mar,
al miedo de los niños.
Cerrada.

Cerrada al viento,
a la noche húmeda;
al desaliento
de los fantasmas.
A cal y canto
cerrada.

A las miradas,
a las voces,
al asombro de las gaviotas,
al vacío de aquella mirada rota,
a los ruidos,
hasta a los susurros,
cerrada.

Aquella madrugada
ni al alba dejé entrar por mi ventana
cerrada.

Adentro,
las paredes blancas de nuestra habitación,
sus esquinas de luz,
sus muebles azules,
tu dibujo resabiado de niño,
nuestra cama
de sábanas revueltas,
hasta el rayo de sol que no pudo entrar,
aguardaban.
Ocho horas de espera.
A la vida,
aguardaban.

Con el deambular lento de una hoja flotando en la ribera,
con la parsimonia milenaria de los años,
la vida,
que esperábamos,
se demoraba.

No quería al mundo
en mi habitación.
Me bastaba
y me sobraba hasta la música,
el aroma a lavanda,
tus manos amasando el dolor,
la tenue luz de las velas,
vuestra presencia,
silenciosa y necesaria.

A cuatro patas,
como un gato,
emitía el ronroneo de un Om reparador
que descendía por mi garganta,
por mi vientre hinchado,
por mi útero
poderoso
que se abría,
altanero,
como la vida
con una fuerza de onda expansiva,
dejando paso a un camino angosto,
que no era camino ni sendero,
que era puro remolino de aguas,
amasijo de manos que estrujan,
arrebato de lamentos amortiguados entre cojines,
que era el quiero y no puedo,
que era el no hay más remedio,
que era el me quiero ir y me tengo que quedar,
que era el último aliento,
que era el mirar a los ojos al dolor
que era el decirle: por qué no te vas,

que era el deseo verte, amor.

Mi cuerpo,
que no abandoné,
era una cuerda vibrante
en un baile de contracciones,
sin tregua
o tan leve…
Atada a mi cadera
temblaba y se estiraba,
hasta el imposible,
elástica.
Sin romperse.

Algunas eran marea suave
que acaricia la orilla
sin apenas remover la arena.
Qué alivio mecerse en ellas,
flotando en su vaivén,
en un limbo perecedero.
No eran más que un espejismo;
preludio de una ola arrasadora.
Y entonces yo me volvía pequeña.
Y no reconocía mi voz
Porque ya no era mía.
Lamento de animal herido.
Los labios no existían, ni la boca,
las palabras tampoco.
La voz se mudó a mi vientre,
como mi alma,
escupida por la garganta,
con sed de siglos.
Y siempre vuestras manos
analgésicas,
en la desazón de un desierto,
acercándome un vaso de agua,
de infusión,
una bocanada de aire,
de aliento.

Centenares de raíces agarraban mis pies y
me arrastraban hasta el centro de la tierra,
rojo, candente,
imposible.

Un peso abrumador
me hacía creer
en mi inmovilidad.
Pero la vida
irrefutable
no escuchaba;
torrente desatado,
sol abrasador,
se hacía paso entre mis piernas.

Me parto.

Mi boca se abre sola.

Desgarrado, el grito
que da vida.

Y tus ojos,
tus ojos,
cerrados aún,
sin prisas.
Y el peso liviano de tu cuerpo,
sedoso,
tibio,
no violentado,
sobre mi vientre desinflado.

Olor a vida,
turbio,
apetecible,
indescriptible.

Fuiste, fuimos, como la flor
que luce y madura en el bosque
y que nadie acaba colocando en su jarrón.

Qué afortunado.
Qué afortunadas nuestras lágrimas.

© Mayca Soto

A Marcel que nació en casa, tras ocho horas de parto.
A Ferran, por su amor.
A las comadronas, María Calvo y Krishinda Powers, y a la doctora Ortrud Lindemann, de Marenostrum, por su apoyo y su atención respetuosa.